Pareciera que el sol por fin se hubiera acordado de que Cali es el lugar donde sus rayos se esconden, porque ahora, cuando el día empieza a clarear, las paredes son una orquesta de colores que brillan y vibran desde el corazón de la capital del Valle para que esas vidas, que desde siempre se han resguardado en las sombras, adquieran el tono de una fiesta pintada con el vaivén del amor y de la indignación.
Eso es lo que uno siente cuando se empieza a caminar sobre la calle quinta con quinta: cada pared cuenta una historia, cada relato es una pintura que evoca la nostalgia de algo que nunca debería desaparecer.
Al llegar ahí, justo a ese punto de la ciudad en el que los murales empiezan a emerger como si fueran las siluetas de gigantes que murmuran con la fuerza de un pueblo que se niega a dejar de hablar hasta por las paredes, Charley Jones, artista inglés, está pintando uno de los murales. Está solo. Y con un pincel intenta darle forma a un rostro de color lila. Sonríe. Les mueve la mano en gesto de agradecimiento a los conductores que a lo lejos le pitan en el carro mientras gritan “¡Buena esa, papi!”, se despide con un concreto “gracias”, y sigue pintando la obra.
De repente, un hombre que va al volante de un camión verde con estacas, le grita: “Papi, mire para los pinceles”, le entrega diez mil pesos y sigue su camino. Jones sonríe, como quien siente que hacer lo que se ha hecho ha valido la pena, y narra lo siguiente: “Yo no tengo ninguna ideología política. Pienso cosas, tengo posturas, pero lo que hago no tiene propósitos políticos, tiene un solo objetivo: hablarle a la vida”. Charley vive en Cali desde hace cuatro años y de acuerdo con él, “en estos dos meses la vida perdió su valor. Y por eso estamos acá, para recordar el valor que todos tenemos”.
Eso no es solo lo que busca este artista extranjero, esa también es la pretensión de quienes lideraron el Festival Pintando Memoria, una iniciativa desarrollada por distintos sectores de Cali que pretendían plasmar en los muros de la ciudad un retrato de afirmación en la vida, así lo cuenta Andrés Pedroza, miembro de la Mesa Gráfico Urbana Cali, uno de los movimientos de artistas que hicieron parte de ese evento que tuvo lugar entre el 10 y el 11 de este mes, según Pedroza “no importa el estrato social, los murales empiezan a hablarles a todos, sin importar el tema que sea. El mural hace que lo que se pinta se vuelva un tema transversal en toda la ciudad”, según el artista, en los dos días del evento – al que asistieron más de mil personas -, se lograron varias cosas, entre esas, “el sábado llegó uno de los que había sido impulsor de las paredes grises. Y llegó a pedir disculpas. Lo insultaron. Pero volvió al otro día, nuevamente pidió perdón y ya estuvo tranquilo, paseándose con su gorrita y con su perrito por ahí”.
Más delante de la quinta con quinta, se alcanza a divisar un mural que, en letras rojas, reza: ‘PAREN EL GENOCIDIO’, y eso, ante los ojos de las autoridades distritales se ha vuelto el muro de la discordia, ya que, de acuerdo con Carlos Soler, secretario de Seguridad y Justicia de la ciudad, se había llegado a unos acuerdos en los que este mural rompe con las condiciones planteadas, así lo expresó:
“Nos hicieron el requerimiento frente a unos murales. (…) Valoramos los murales y decidimos darles una aprobación bajo cuatro premisas”, no debía haber bloqueos, evitar aglomeraciones, se necesitaba un grupo de responsables de esto “y lo cumplieron”, dice el secretario, “llegó un cuarto grupo que no estaba entre los murales autorizados, y agrede a nuestra fuerza pública con un mural. Eso no está bien porque el mensaje es provocador. (…) Ese no es el concepto de ciudad, no es el concepto de tranquilidad”, de acuerdo con el secretario Soler “no me incomoda que haya un mural que diga ‘Genocidas’, Colombia tiene sentencias de la CIDH en las que han condenado al Estado por genocidio, hay cosas que no se pueden negar, pero seguir atacando la herida es seguir dañando las relaciones. Hay gente que busca hacer política con esto”.
Ante el supuesto acuerdo que se pactó entre los artistas y la alcaldía de Cali, Pedroza afirma que tal convenio “no existe ni existió. No hubo un acuerdo con la alcaldía. Nosotros queríamos que se escucharan las propuestas populares e informarles lo que íbamos a hacer, eso es distinto a establecer un diálogo, ni siquiera les recibimos los materiales que nos quisieron dar. Un acercamiento es distinto a un diálogo, y esa gente piensa que si da un paso, ya lo tiene todo. No sé por qué ese señor dice que hubo un acuerdo”.
Además, dice Pedroza, “el mural de la discordia estaba desde febrero de este año, mucho antes de que empezara el paro, y fue pintado por una organización llamada Nomades, que han desarrollado trabajo con las mamás de las víctimas. Nadie lo miraba, pero como estamos en paro, entonces el mural ya cobra otro sentido para ellos”.
Por su parte, Roy Alejandro barreras, director de Planeación del distrito, afirmó a este diario que “los muros que fueron intervenidos por fuera de la licencia de intervención y ocupación del espacio público que se otorgó, seguramente tendrán que ser intervenidos nuevamente. No creo que lo correcto sea pintarlos de gris, creo que lo correcto es avanzar en la conversación con los jóvenes para pintar nuevos mensajes. Hay que insistir en el diálogo. (…) Hay que decirles a los señores de gris que no se preocupen, que todos los murales en el mundo son temporales, ningún mural tiene vocación de permanencia”.
Quedan dudas frente al sentido que podría tener una posible modificación, o desaparición, del mensaje de la discordia: ¿Hay censura? ¿Por qué un mensaje que representa el dolor de la desesperanza que hoy tantos sienten causa tal nivel de indignación en algunos sectores de Cali? Solo el tiempo dará la respuesta y definirá si la ciudad se sigue convirtiendo en el escenario perfecto para esa pugna que hoy se debate entre las voces populares o el llanto de los pinceles grises.
