A las 11 p. m. un grupo de escritores y periodistas invitados a la Feria del Libro de Popayán, nos reunimos en una de las salas del Hotel San Jerónimo de la Ciudad Blanca. Hablábamos de política, de historias, cuentos y de todo tipo de extrañas experiencias narrativas que nacieron durante la pandemia. De repente, el invitado internacional, Leonardo Wild, se levantó de su sillón, caminó sigilosamente hasta el botellón de agua que había en una esquina del salón, se sirvió y dijo en seguida: “Esta agua tiene mucho cloro, no está purificada del todo”.
Extrañados por su simpática apreciación respecto al estado del agua que todavía le hacía gárgaras entre su paladar y su lengua, dijo algo que a todos los dejó atónitos: “Es que yo soy catador de agua”. Silencio total… “¿Qué?”, rompió uno de nosotros el silencio. Existen catadores de vino, de café, de todo tipo de tragos e incluso de algunas frutas como limones, ¿pero ser catador de agua? Eso es un oficio que solo alguien como Wild, curtido escritor de ficción, podría desempeñar con total experticia.
Él dio un par de datos más acerca de lo que es ser catador de agua y arrojó un par de datos claves que hicieron aún más interesante el tema aquel de ser catador de agua: “Cuando nos bañamos, lo que entra a nuestro cuerpo por los poros de nuestra piel, equivale a un vaso de agua lleno de cloro”. Inmediatamente se volvió al tema concreto que nos unía a todos, la Feria del Libro, pero a mí me quedó sonando bastante la historia de cómo un escritor de ficción terminaría convertido en un catador de agua.
Lo llamé para que me contara cómo era eso de ser escritor y –al mismo tiempo- medir con la lengua y el paladar la calidad del agua que los seres humanos nos tomamos; podrá parecer caricaturesco, pero en tiempos en los que el agua empieza a escasear, es vital entender de dónde proviene el agua que nos tomamos. Y esta es la historia:
“Todo comenzó hace 20 años”, me empezó a contar él con su español perfectamente pulido y su acento que es un remache de acentos que viajan desde Estados Unidos, el país en el que nació, cruzando por Suiza, Alemania, Escocia y Ecuador, donde vive desde hace años con su familia. Su relato se cuenta sin vacilaciones, con seriedad y pasión por el tema del agua, “conocí (en Ecuador) a un hombre que había abierto una clínica para sanar gente con el agua, era una clínica del agua. Hacía tratamientos con agua que él mismo procesaba”. Este hombre era médico tradicional de profesión.
De acuerdo con Wild, estos tratamientos habían adquirido un nivel de credibilidad tal, no solo en Ecuador sino en otros países, que el hombre empezó a ir a las clínicas oncológicas de Quito para que “le mandaran a su clínica a los enfermos terminales, a los desahuciados para aplicar en ellos el tratamiento”, que cada vez tenía más éxito, el trabajo de este médico tenía como base la utilización hidráulica de osciladores Tesla. “Pero el trabajo de este hombre empezó a causar molestia en un grupo de médicos de afuera de Ecuador. Un día llegué de viaje y me recibieron con la noticia de que a este señor, que ya era amigo mío, lo habían secuestrado”.
Wild cuenta, todavía muy impactado por esto que ocurrió hace cerca de 2 décadas, que “se lo llevaron, lo metieron a una celda, y -sin documentación, sin nada– se lo llevaron a Estados Unidos. Lo liberaron 15 meses después, sin cargos, pero le pusieron una condición: no podía seguir desarrollando proyectos médicos con el agua”.
Y fue gracias a esa historia que este escritor comenzó su camino investigando el agua, sus propiedades, su historia y sus efectos en el cuerpo humano. Tiene una planta de agua en Ecuador en la que trabaja procesos de purificación hídrica utilizando osciladores Tesla, la base del trabajo del tratamiento del agua, cuenta él, “son los electrones Tesla; para lograr que el agua se conserve” en su estado absoluto de purificación, Wild y su equipo utilizan “715.000 millones de electrones Tesla por gramo de agua”, y este proceso hace que “el paladar se vuelva cada vez más sensible, más despierto, por lo que al tomar un vaso de agua que tiene un tratamiento que no es el mejor, uno lo percibe inmediatamente”, y de ahí viene el sello de ser el único catador de agua de Latinoamérica.
El trabajo que Leonardo desarrolla con los recursos hídricos es una obra de arte, y podría ser –si así se quiere– la historia más bella que podría llegar a escribir en algún momento de su vida, porque los electrones Tesla son el paso final, antes de eso, Wild debe regular el PH del agua, “que no debe estar al mismo nivel de la sangre de los seres humanos”, luego, reposa en unos “tanques cloro residuales, después pasan por filtros UV”, y así un sinnúmero de pasos que buscan hacer del agua que se procesa en su planta una bendición absoluta.
De las cosas que más impresionan de lo que Wild mencionó fue que “debemos borrarle la memoria al agua para que se pueda tomar”. Impacta eso, convertir al agua en un recurso amnésico para que se quede impregnada en la memoria del cuerpo humano, es algo paradójico y misterioso.
De acuerdo con Wild, en casi todo el planeta, el fenómeno hídrico sigue siendo el mismo: “Del 100 % de agua que utilizamos en casa, el 90 % termina desaguado en los cuerpos de agua como lagos, ríos y mares, allí termina todo lo que nos untamos en las manos, el champú con el que nos lavamos el pelo y el jabón con el que lavamos los platos, y esa misma agua es la que tratan en las plantas para intentar volverla potable, pero retorna a nosotros con mucho cloro”, con químicos y procesos industriales de por medios que, de acuerdo con este escritor: “Nos hidrata, pero nos quita salud”.
Sin pensarlo, esta historia que Wild está plasmando en la memoria inquieta del agua, es la que perdurará años en los cuerpos de quienes hoy toman el agua que este escritor de historias fantásticas produce en su planta de agua preciosa.
